Poesía de alegría:
Defender
la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender
la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y
los graves diagnósticos
defender
la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender
la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de
la obligación de estar alegres
defender
la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender
la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.
Mario
Benedetti
Poesía de rabia:
Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.
Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.
Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.
Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta.
Mario Benedetti
Poesía de tristeza:
Ya
no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado.
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para
aprender el arte del olvido.
Un
símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra.
Ya
no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo ;
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha,
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada ;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Cuento de miedo:
Ichigo salió del auto frustrado y se mesó el pelo. Se suponía que aquel viaje a las montañas fuera una escapada idílica para él y su novia, Sakura. Pero en lugar de eso, habían terminado perdidos en quien sabía donde. No reconocía ninguno de aquellos parajes. Y para colmo, el coche había dejado de funcionar.
—Vamos a pedir ayuda a ese pueblo que se ve a lo lejos —le propuso la muchacha, señalando los tejados en los que no había reparado—, a lo mejor alguien ahí nos puede reparar el carro.
Ella e Ichigo se dirigieron hacia el poblado, pensando que no debían haber salido de Tokio. Nada más llegar a la puerta que resguardaba aquella extraña aldea, se toparon con un cartel deteriorado por el paso del tiempo, el cual advertía lo siguiente: “Las leyes constitucionales de Japón no tienen valor aquí”. Aquello les inquietó y se miraron.
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—No tenemos más remedio que entrar —dijo Ichigo—, seguro que no es nada.
Se adentraron pues en las calles, mirando a su alrededor con desconfianza. Las casas estaban descuidadas y todo en general tenía un estado lamentable. Un olor nauseabundo que no supieron identificar brotaba de alguna parte. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar. En vez de un pueblo rural contemporáneo, parecía una aldea feudal de hacía siglos.
Algo andaba mal allí pero no sabían explicar que era.
—¡Oh, por Dios! —Sakura lanzó un grito aterrador al ver a un hombre que andaba por la calle. Arrastraba consigo un brazo humano y recién cercenado, cubierto de sangre.
Ichigo lo miró horrorizado y luego reparó en que una puerta se abría cerca de ellos. La mujer de la casa los miró fijamente, sonrió y echo a andar hacia ellos con un hacha en la mano. Ambos se echaron a correr sintiendo que ahora les seguían, dos, tres personas, toda una multitud que reía de un modo malsano.
Comenzaron a gritar pidiendo auxilio, hasta llegar a una construcción de considerable tamaño, una especie de templo derruido. Ingresaron dentro y un hombre desconocido les dio la bienvenida. Aunque sus ropas estaban gastadas, hablaba con educación y poseía unos modales exquisitos.
—¿Quién es usted? —preguntó Ichigo.
—Soy el último miembro del clan Inunaki, alcalde de este pueblo. Hacía mucho tiempo que no recibíamos visitas.
—Por favor, ayúdenos —suplicó Sakura—. Tenemos que salir de aquí…
—¿Salir? Nadie sale de aquí, querida niña. Son muy pocos los que son capaces de dar con este sitio, y ustedes dos tienen una pinta muy sabrosa —el hombre sonrió de un modo perverso—. Como bien deben saber, aquí no existen las leyes. Ni las del hombre, ni las de Dios.
La gente del pueblo comenzó a entrar con armas diversas. Todos vestían harapos y estaban manchados de sangre.
—Bienvenidos a la aldea Inunaki.
Esta historia se encuentra basada en la leyenda de la aldea Inunaki, un supuesto pueblo japonés donde los pobladores cometen actos como el incesto y el canibalismo, perdido entre las montañas de Japón.
Cuento de asco:
Cuando me hablan de ti para contar lo mal que la pasas, cuando en algún
descuido encuentro las cartas que me enviaste para pedirme perdón,
mientras tus amigos me piden que te dé otra oportunidad y desde que sé
que lloras todas las noches, me he sentido mejor. ¿Será que te
odio? Probablemente sí, después de que decidiste borrarme de ti junto
con las palabras que a nadie más le he dicho, desde el día en que ya no
quisiste quererme para enamorarte de alguien más y cuando creíste que
era mejor mentirme cínicamente para "no hacerme sufrir". Sí, después de
todo eso empecé a odiarte.
Este actividad nos a parecido un poco divertida!!